‘La mirada perversa’ y el ero-guro

Recientemente hallé una película llamada Midori, la niña de las camelias (basada en un manga), la cual no llegué a ver entera —de hecho, solo vi unos 5/10 minutos— de la repulsión, asco e incomodidad que me provocaba. Lo curioso es que se trata de una película de los años 90 de dibujos animados y que a primera vista tiene un aspecto inocente, ingenuo y dulce, como si fuera para niños. Por ello, el contraste entre lo que parece y lo que es realmente me llevó a investigar sobre este fenómeno.

Esta película se encasilla en el subgénero ero-guro, que Wikipedia define acertadamente así:

Movimiento artístico japonés que nace como protesta a los temas tabú de dicho país. Este lexema se puede dividir en el “ero” que hace referencia al erotismo y al “guro” que se orienta a lo grotesco, por lo que en sus manifestaciones artísticas se puede encontrar el uso de sangre, gore y diferentes tipos de parafilias o fetiches. A menudo trata elementos como la desfiguración, mutilación, orina, enemas o heces, mientras que en su vertiente más violenta se incluyen amputaciones, en ocasiones a la fuerza; el uso de herramientas para herir o matar, violaciones, desmembramientos o simple muerte.

El ero-guro resalta mucho más en las imágenes y mangas, que podéis encontrar en internet (no muestro ninguno para no herir sensibilidades); no obstante, también diversos autores experimentaron con este género en sus relatos, como es el caso de Rampo con su libro La mirada perversa.

En La mirada perversa se nos presentan seis fantasías macabras y criminales de sabor mórbido, excitante y exquisitamente malsano. Solo para paladares refinadamente perversos. El Poe japonés. ¿Puede un hombre convertirse en asesino simplemente por aburrimiento? ¿Puede una mujer llegar a sentir celos de una muñeca? ¿Pueden lo repugnante y lo grotesco despertar el deseo sexual más insaciable? Los relatos de Edogawa Rampo dan respuesta a estas y a otras muchas preguntas sobre el lado más oscuro y turbio de la naturaleza humana. Una mirada perversa al inconfundible mundo de Rampo, poblado de seres deformes, voyeurs asesinos, científicos locos, amores sádicos, mujeres fatales y sueños destructivos. En definitiva, seis deliciosas historias del más retorcido, fascinante y enfermizo cultivador del ero-guro nipón, un subgénero de misterio que combina el erotismo con lo grotesco y perverso.

Cuando comencé a leer era consciente de lo que me encontraría y mis dos posibles reacciones: que me encantase o que lo odiase. Por suerte, esta obra me ha fascinado, me ha atrapado de tal manera que incluso llegué a leerme el apéndice para alargar la lectura (y eso que yo no suelo leer extras). Ahora solo quiero sumergirme más en otros libros del autor o del mismo género. Logra provocar una inquietud y desasosiego muy real, difícilmente igualables. Quizá sea la narración cuidada, la lentitud de las acciones y, sobre todo, las minuciosas descripciones lo que crea esa angustia y miedo. Además se ha llevado incontables veces a la pantalla, concretamente el relato El hombre que caminaba por el revés del techo. Me gustaría ver alguna de las versiones para averiguar cómo se ha logrado plasmar todo y crear un ambiente semejante, pero al parecer las críticas de las diversas películas y cortos no han sido precisamente buenas por lo que imaginaba: es imposible reflejar ese agobio solo con imágenes. La imaginación por sí sola produce un tormento mayor. Solo puedo añadir una cosa respecto al libro que resume mi sensación general y es: ¡Ahora entiendo porque estuvo —y sigue en ciertos lugares— censurado!

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